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Cuando las mujeres tienen el control sobre la tierra, el desarrollo de sus familias y de su comunidad se hace más fácil. Para remarcarlo y subrayar su importancia, el lema escogido para la celebración del Día Internacional de la Mujer, celebrado cada 8 de marzo desde hace ya 101 años, ha sido: “Habilitar a la mujer campesina. Acabar con el hambre y la pobreza”.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, si las mujeres tuvieran un acceso equitativo a las semillas, los fertilizantes, las herramientas de trabajo y los instrumentos financieros adecuados, la cantidad de personas hambrientas en el mundo se reduciría entre 100 y 150 millones.

Las mujeres rurales representan un papel fundamental en la economía. Contribuyen al progreso agrícola, mejoran la seguridad alimentaria y ayudan a reducir los niveles de pobreza en sus comunidades. Según datos de la OCDE, las mujeres reinvierten el 90% de sus ingresos en sus familias y comunidades, mientras que los hombres solo reinvierten el 30 o el 40%.

Sin embargo, en los países en desarrollo, solo entre el 10 y el 20% de los propietarios de tierra son mujeres; solo el 5% de la ayuda dirigida al sector agrícola se asigna específicamente a la igualdad de género; y solo el 10% del crédito disponible se destina a mujeres agricultoras a pequeña escala. A pesar de estas cifras desmotivadoras, la realidad sigue siendo clara: las mujeres constituyen el 43% de la mano de obra en el campo.

Para ellas, deben establecerse los instrumentos necesarios que las doten de mayor autonomía e igualdad. Debe potenciarse el acceso de las mujeres a los recursos naturales, el fortalecimiento de las leyes laborales que protejan sus derechos y la mejora en las condiciones de empleo y contratación.

De este modo, se contribuirá no solo al cumplimiento de uno de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (promover la igualdad de género y la autonomía de la mujer), que es el que hoy nos ocupa, sino de todos ellos, ya que lograr la equidad de género ayudará a promover la enseñanza primaria universal, a reducir la mortalidad en menores de cinco años, a mejorar la salud materna y a reducir la probabilidad de contraer sida.

Las mujeres rurales merecen una atención especial. No solo por el hecho de serlo, sino por su papel imprescindible en la lucha contra la pobreza. Hagamos que este 8 de marzo se extienda hasta el año próximo y, una vez en él, hasta el siguiente, porque como dice el lema escogido “habilitar a la mujer campesina es acabar con el hambre y la pobreza”. Acabemos con ella entonces.

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